domingo, 8 de noviembre de 2015

Una No jodida trilogía

Imagina que los actores de Before Sunrise no hubieran sido esos jodidos jóvenes bohemios que hubieran encontrado terriblemente decadente y mundano intercambiarse direcciones o teléfonos, dispuestos a sucumbir ante el romanticismo de lo efímero, de dejarle la vida al azar; que, en un arrebato por hacer perdurar lo que fuera que significase esa noche más allá de la magia de saberse finito, se hubieran garabateado de manera atropellada los números de teléfono en la piel del otro. Y luego… ¿qué? ¿se hubieran whatsappeado?

“Voy en el tren, no puedo dejar de pensar en ti, en la noche que pasamos...”
“Yo tampoco. Fue todo tan increíble… Ya estoy contando las noches que quedan para volver a encontrarnos”
“Yo ya te echo de menos”.

Luego se hubieran seguido escribiendo asiduamente intercalando cariño, curiosidad y nostalgia con datos insignificantes pero ciertamente escogidos sobre el día a día del otro, del que poco o nada sabrían, haciendo sus propias interpretaciones sobre lo leído, sobre las cosas no sabidas por saber, sobre cómo o cuándo, sobre los silencios entre mensaje y mensaje, cada vez más largos, más tristes, más reveladores. Sacando sus propias conclusiones.

Apuesto a que, por lo menos, la mitad de la fascinación carnal se vería perdida entre coberturas, redes y otras formas modernas de mitigar el dolor que supone la distancia para con aquellos en que todo duele más cuando duele.

Así que, suponiendo no encontrarnos en una trilogía de Linklater en la que la casualidad va a hacer que te encuentres con el amor de tu vida en una cafetería parisina años más tarde – y dando por hecho que tener una noche única e irrepetible dónde lo descubriste no sea ya mucho decir-, la mayoría de los mortales se encontrarían ante la siguiente encrucijada: seguimos manteniendo el contacto de manera forzada hasta el próximo encuentro, lidiando con el día a día de nuestros sentimientos encontrados, del miedo que nos produce tomar decisiones trascendentales basadas en el recuerdo de una noche, cada vez más lejana, mientras el hechizo se pierde a través de las teclas del teléfono o la pantalla del ordenador para que luego, con un poco de suerte, funcione algo que nunca más podría volver a ser lo mismo. O aceptamos lo que ha sido honestamente, sabiendo que si ha sido así de bonito es porque tuvo un debido fin.

Y luego está lo que hice yo: luchar por una causa perdida, sin saber si quiera si había alguna lucha al otro lado, perdiendo sensatez en cada intento, entrando en un bucle de desesperación, ansiedad, humillación y vergüenza que conseguiría elevar a la más distinguida de las señoritas a la finísima categoría de locadelcoño, cuando menos.

Así que, en todo caso, todos pierden. Yo sólo elegí hacerlo de la peor manera. Pero -y no es un consuelo-, todos pierden.


Bueno, también podrían haber sido los protagonistas más valientes de la historia, no coger ningún tren y quedarse ahí mismo, en tierra de nadie, desde ese mismo instante, a empezar algo entre los dos. ¡Qué más daría la ciudad, las mejores ofertas de trabajo, la vida pasada de cada uno y no conocerse de nada cuando crees que has encontrado a tu alma gemela! ¡Eh! Y que luego, encima, funcione. Entonces no perderían, pero esto no es una jodida comedia romántica y aquí Jennifer Aniston – o en su versión moderna Katherine Heigl- no están por ninguna parte.

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